El último acorde - PRÓLOGO
Alguien observa, desde una pequeña silla de metal, la maraña de hilos rojos que se entrecruzan frente a sus ojos. Se apoya contra el respaldo y exhala un suspiro profundo; está complacido con el resultado de su cacería. Su gente, por fin, ha dado con los conejillos de indias.
Una sonrisa asoma en su rostro mientras asiente. Bien, muy bien. Era todo lo que necesitaba para comenzar.
Al ponerse de pie, el metal de la silla rechina contra el suelo rústico. Antes de marcharse, dedica una última mirada al plan que ha elaborado durante meses. Sonríe de nuevo, convencido de que la ejecución será impecable, y abandona la estancia. El portazo retumba entre las cuatro paredes.
Afuera solo aguarda un descampado desolado; nada delata que alguien estuvo allí, ni lo que ha estado tramando. El motor del auto ruge y se aleja, dejando atrás las pruebas de un plan macabro que jugará con vidas inocentes.
El silencio recupera el terreno.
Tic, tac, tic, tac.
Nadie lo sospecha. Nadie tiene la menor idea. Pero el tablero sigue ahí, en la pared de la construcción abandonada, sosteniendo un mapa de fotos, nombres y fechas. Los hilos rojos conectan lugares y actos, tejiendo una red que converge en un solo punto: dos fotografías de dos hombres que, por ahora, son extraños entre sí.
Dos rostros: Axel Kane y Jared Kavanagh.
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