Capítulo 6
"Recaída"
—Entonces, Axel Kane te salvó.
Estábamos sentadas en mi cama, Camila tenía el botiquín de primeros auxilios en las piernas mientras me desinfectaba la mano con alcohol. Cuando caí, alguien me pisó la mano y no fui consciente de ellos hasta que cuando Camila me tomó de la mano para irnos del bar, esta ardió y me quejé. Entonces, vimos la herida. Mi mano derecha estaba toda magullada, y los nudillos de la otra un poco lastimados por el golpe que le acerté a Axel.
Hice un sonidito de desaprobación al tiempo que torcía la cara en una mueca porque el algodón lleno de alcohol escocía en cada parte de mi mano.
—Algo así —dije por fin.
—Pero tú lo golpeaste, ¿Por qué?
—Pensé que iba a hacerme daño.
—Y no lo hizo, ¿verdad?
—No, no lo hizo… Auch, eso duele, Cami.
—Lo siento, pero tengo que curarte bien para poder vendarte.
—No me has contado cómo terminaste con Cameron.
Cameron, el rubio baterista de Labyrinth.
—Oh, sí —sus mejillas se tiñeron de rosa—. Me vio cuando caí y me ayudó a levantarme y también a salir del bar, aunque le dije que no podía irme sin ti, pero él me insistió en que teníamos que irnos y que tú estarías bien —hizo una pausa y comenzó a envolver mi mano la venda muy suavemente—. Estaba tan asustada que terminé aceptando por pura inercia, ni siquiera recuerdo cómo es que conseguimos salir, pero él se encargó de abrirnos paso. Es un chico muy… fuerte.
—Ya, me alegra que el chico fuerte te haya ayudado.
—¡No me veas así!
—¿Cómo te estoy viendo, Camila? Te haces ideas locas, eh.
—Loca tú.
Me reí porque la expresión de vergüenza que tenía era muy chistosa. Pero con los segundos, la sonrisa desapareció. Cami terminó de envolverme las manos y le di las gracias. Ella guardó las cosas en el botiquín y lo dejó en el suelo. Después se llevó las rodillas al pecho y abrazó una almohada.
—Ya pero… enserio, estoy muy agradecida con ese chico por salvarte.
—Deberías decirle, Cameron es muy… agradable. Le caerías bien.
—Lo haré, tenlo por seguro.
Para fastidiarla, subí y bajé las cejas, mirándola con picardía.
—¡Basta ya, Jared!
Le saqué la lengua como respuesta y me lanzó la almohada que tenía contra su pecho. Aunque se estaba riendo, tenía la cara del mismo color que su pelo, roja como un tomate.
No me aguanté un segundo más y me lancé sobre ella, abrazándola.
—Gracias —murmuré contra su pelo.
—¿Por?
—Por seguir viva.
Camila me regresó el abrazo con más fuerza.
—Gracias a ti también, Jed.
—Te quierooo.
Camila rio.
—Yo también.
Un rato después, ella apagó las luces y se fue a su cama.
*
Desperté de manera abrupta. Una música que no reconocí sonó en mis oídos y me confundió todavía más. Un momento más tarde, entendí que estaba en mi habitación, en mi cama, con los auriculares puestos y había tenido una pesadilla. Otra vez.
Todo estaba a oscuras y en silencio, sentía que la música que salía por los auriculares retumbaba en las paredes de la habitación, aún cuando no era así.
Me saqué el auricular de la oreja y busqué el otro por la cama. Cuando lo conseguí, alcancé la cajita y los guardé ahí, devolviéndolos a su sitio.
Empecé a usar los auriculares para dormir unas semanas atrás, cuando mis pensamientos comenzaron a ser muy ruidosos, muy insistentes y yo no podía detenerlos. Me ayudaba a conciliar el sueño más rápido y a sustituir el silencio —solo interrumpido por mi propia voz— por música.
Me senté en la cama e hice una mueca. Busqué mi celular debajo de las sábanas y miré la hora. Dos de la madrugada. Sentí una punzada en la cabeza. Me froté las sienes.
Sentí lo frío del piso cuando me levanté, agarrándome del copete de la cama para mantener el equilibrio.
Caminé unos pasos, pero entonces una punzada de dolor me atravesó la entrepierna fuertemente. Tan fuerte que tuve que doblarme sobre mí misma. La punzada no disminuyó, por lo que terminé de rodillas en el piso. Me quejé por el dolor. Joder, dolía muchísimo. Cuando sentí que pasó, intenté ponerme de pie, pero mis piernas no respondieron. Lo máximo que conseguí fue arrastrarme hasta el baño. Podía sentir como algo caliente se deslizaba por mis muslos. Me apoyé en la tapa del váter para ponerme de pie. Reprimí el grito de dolor que trepó por mi garganta.
Entonces, miré hacia abajo.
Las indicaciones del médico habían sido que sangraría durante las primeras dos semanas, pero no en exceso, sino pequeños coágulos. Sin embargo, esta vez, de mis piernas corría la sangre y se hacía un pequeño charco en mis pies.
Me apresuré a meterme en la regadera y la abrí. El agua fría cayó encima de mí y me hizo dar un salto, la sangre diluyéndose en el agua. Apoyé las palmas de mis manos sobre los azulejos de la pared. Siseé entre dientes por el dolor y cerré los ojos.
No sé cuánto tiempo estuve bajo la regadera, pero cuando cerré el grifo sentía todo mi cuerpo entumecido por el frío. El dolor había desaparecido y no había rastro de sangre por ningún lado. Salí de puntillas y me envolví en la toalla. Lo siguiente que hice fue en modo automático. Busqué ropa interior y me puse una toalla sanitaria para evitar otro desastre, me vestí con la misma ropa con la que había ido al bar y me lancé encima una chaqueta negra enorme. Tomé mi monedero y el celular y los guardé en un bolsillo. Miré a Camila antes de salir de nuestro piso. Había caído rendida después del susto en el bar, así que lo más probable es que no despertara hasta mañana muy tarde, tampoco quise alarmarla, lo mejor era que descansara. Había tenido suficientes preocupaciones en un solo día.
Cerré la puerta del departamento y me dirigí al hospital.
*
El doctor Bruce me pidió que me tranquilizara.
Hizo que me sentara en la camilla y muy amablemente me pidió que le contara lo que había sucedido mientras me hacía un chequeo.
Yo… sólo le dije del susto tan grande que había pasado esa noche, que asumí había sido el detonante. No mencioné las noches sin dormir y pretendía ocultarle también los dejes de dolor que sentía a menudo, pero él preguntó:
—¿Te duele a veces?
Y yo no pude mentirle. No era momento de hacerme la fuerte, porque de verdad me preocupaba lo que podía pasarme en caso de que los dolores siguieran.
—Sí.
—Muy bien, voy a terminar de revisarte y a partir de ahí vemos lo que te ocurre… voy a hacerte unas preguntas y quiero que respondas lo más sincera posible, ¿vale?
—Está bien.
—¿Has guardado reposo?
—Sí.
—¿Has cargado con peso?
—No.
—¿Has mantenido relaciones sexuales?
—No.
—¿Tienes parientes propensos a quistes o tumores?
—Ehm… no, creo que no.
—Bien, de todas maneras te haremos un examen para disipar dudas… ¿Has estado estresada últimamente?
Bueno, he estado a punto de arrancarme la jodida cabeza con tal de dejar de escuchar mi voz repetirme lo mismo en cada momento, así que no sé si pueda definir eso como estrés precisamente.
—Tal vez un poco —dije en su lugar.
—Muy bien… ¿Pensamientos ansiosos?
Todo. El. Jodido. Tiempo.
—Últimamente son regulares.
—¿Duermes bien?
No duermo una mierda.
—A… a veces.
Bruce levantó la mirada y me observó a través de sus lentes. Detuvo lo que sea que escribía en su hoja y volvió a mi lado.
—Tienes que ser sincera conmigo, Jared. Esto es delicado.
Ya sabía que era delicado, no necesitaba que me lo recordara otra vez, porque yo misma me encargaba de recordármelo cada maldito segundo.
Nunca iba a olvidar lo mala persona que era.
Ni el error que había cometido buscando una solución.
Ni el hecho de que mi vida corría peligro si algo andaba mal.
No es algo que puedes olvidar, de hecho.
Para ese punto, yo ya estaba demasiado asustada por mi vida. Había oído muchas historias de otras chicas que hicieron lo mismo y todas, todas acabaron mal. Por esa razón, empecé a temer por mi, porque yo no quería morir, pero a ese punto yo comenzaba a pensar que quizá lo merecía. Después de todo, yo había matado a alguien también.
Y no tenía a nadie más que a Camila. Ni siquiera podía contarle a mi hermano porque aunque él no era como papá, conocía los límites de Abraham. Si yo le contaba lo que había hecho… no tengo idea de cómo reaccionaría ni de qué idea tendría entonces de mi.
Posiblemente fuera una decepción.
Lo molestara o incluso sintiera asco de mi.
Estaba segura de que eso pasaría porque yo ya sentía eso hacia mi.
Así que decidí contarle todo, porque tenía miedo, porque estaba aterrada y porque de verdad necesitaba terminar con esa tortura.
—No duermo —confesé, se sentía un poco raro hacerlo mientras el doctor me revisaba, pero sabía que estaba escuchándome atentamente y sin malas intenciones—. No hay manera de que lo haga. Puede que alcance a descansar unos minutos, como mucho una hora, pero las pesadillas siempre me despiertan y luego no hay forma de que pueda dormir. Es… es imposible. He pasado las últimas dos semanas en cama, pero de igual forma me duele. A veces no es tanto, pero otras… otras veces no puedo permanecer de pie. Nadie de mi familia sabe que hice esto, así que no tengo apoyo de nadie más que de mi mejor amiga. Y si lo supieran tampoco me ayudarían, estoy segura de que les daría tanta vergüenza y decepción que no sería capaz de mirarles la cara.
El sabor salado de las lágrimas inundó mi boca. Había resistido las ganas de llorar desde hace días porque ya estaba cansada de hacerlo todo el tiempo. El doctor se detuvo. Yo hice el esfuerzo por continuar. Sentía que el nudo en mi garganta iba a explotar.
—Y estoy tan asustada. No me quiero morir, Bruce, no quiero, pero todas las chicas que han abortado terminan igual y yo… yo pienso que quizás es egoísta de mi parte no querer morir cuando yo he acabado con una vida.
Me cubrí el rostro con las manos para ahogar el llanto. Bruce me ayudó a sentarme y lo siguiente que sentí fueron sus brazos rodearme. Por un momento quise creer que podía ser mi padre quien me abrazaba, pero entonces la realidad me golpeaba y me decía que, de ser mi padre, no me abrazaría.
Todo lo contrario. Me daría la espalda y, de no ser así, me miraría con desprecio.
—No eres una mala persona, Jared. No mereces nada de lo que te está pasando en lo absoluto, y no serás otra de esas chicas. Te lo prometo. Te prometo que todo estará bien.
Solamente asentí, queriendo creerle, queriendo que sus palabras fueran verdad. Pero yo sabía que eso era imposible.
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