Capítulo 1

"El punto de quiebre"

AXEL
Cielo o infierno, ¿Qué importa?

No lo hacía –o al menos yo lo creía así– y esa era la cuestión. Si te ponías a analizarlo, tomaba sentido lo que decía. ¿De qué sirve preferir uno o el otro si, de todas formas, no somos nosotros los que elegimos hacia dónde vamos? Quizá, nuestras acciones influyen en el veredicto, pero no hacen que cambie nuestro destino. Creía firmemente que al nacer ya estábamos destinados a un final, fuese bueno o malo, todos nacen con una vida escrita. Así que, ¿Qué importa si somos buenos o si somos malos? Todos, absolutamente todos, cargamos con demonios personales que no cualquiera sería capaz de entender.

¿Existe alguien capaz de hacerlo? ¿Existe alguien capaz de entender mis demonios sin juzgarlos? No lo creía. Y de hecho, estaba seguro de que, si existía, jamás la encontraría.

JARED

Iba a irme al infierno.

Ese era el único pensamiento que había tenido desde que había entrado a la sala. Ese y el que le ponía la cereza al pastel: «Papá va a estar tan molesto conmigo».

No tenía sentido porque simplemente no entraba en mis planes decirle. No de manera voluntaria, al menos. Sin embargo, no podía evitarlo.

AXEL

Las luces rojas del local me iluminaron el rostro cuando un foco se posó sobre mí. Ajusté el micrófono y terminé de afinar las cuerdas del bajo que se sentía como una extensión de mi mano. El instrumento tenía un valor mucho más que material, sentimental. Me lo había regalado mi abuelo cuando les dije a mis padres que quería aprender a tocar y los dos se negaron rotundamente a permitir que me distrajera con “vagancias”.

Lo cargaba conmigo la mayoría del tiempo y, desde que el abuelo había fallecido años atrás, lo cuidaba con más esmero. No quería dañar o perder lo único palpable que me quedaba de la única persona que había apoyado mi sueño adolescente. «¿Estará en el cielo o en el infierno?» La pregunta atravesó mi mente. Preferí ignorarla.

Le hice señas a Cam, que estaba en la batería, él asintió en señal de que todo ya estaba listo. Le dirigí al público mi saludo habitual:

—Buenas noches a todos, muchas gracias por estar aquí. Somos Labyrinth y esta canción se llama Surrender.

JARED

Me había costado la mayor parte de mis ahorros conseguir el nombre de un médico confiable. Y me había costado el doble tener la valentía suficiente para tomar un taxi hasta aquí. 

Junté las rodillas. Abrí las manos y volví a cerrarlas. Las hice un puño, clavándome las uñas en el proceso. Miré hacia arriba. El techo blanco me dio náuseas. En realidad, todo lo hacía. Las paredes eran del mismo color, el olor a cloro y alcohol era bastante fuerte. Sentía que podía desmayarme en cualquier momento.

«No puedo hacer esto», pensé cuando la chica que estaba delante de mí se puso de pie. También parecía nerviosa, pero no tanto. Luego vendría yo.

«¿Eres capaz de hacerlo, Jed?» No, no era capaz. Al menos eso creía cuando lo pensaba, pero ahora estaba en el pasillo de un hospital sintiéndome el ser más repugnante del mundo. Estaba mal, me lo decía mi conciencia. O la voz de mi padre. O la mirada de desaprobación de mi madre.

Ya no lo sabía.

AXEL

Me ajusté el bajo al pecho.

Las primeras notas de la melodía sonaron cuando moví mis dedos sobre las cuerdas y cerré los ojos. La canción empezó a cobrar vida cuando la guitarra de Cameron se unió. Canté las primeras líneas y, justo un instante después de hacer una ligera pausa, Cam salió a nuestro encuentro en la batería; el ritmo caía y luego volvía, mucho más fuerte y movido.

No era la primera vez que tocábamos canciones nuestras frente al público. De hecho, una vez que tuvimos la suficiente atención, probamos con una escrita por Cam y fue todo un éxito. Desde entonces, en cada presentación que hacemos, al menos la mitad del repertorio son canciones compuestas por nosotros. Nos estábamos haciendo un hueco en las bandas más importantes de la ciudad muy rápido. Y eso que, por lo menos para mí, era solo un hobby.

Cuando la canción terminó, el público gritó y aplaudió. Incluso corearon que querían otra y, aunque quisimos hacerlo, esa noche, en el bar donde usualmente nos presentamos, iban otros chicos de otras bandas. Así que nos bajamos del escenario escuchando cómo nos aplaudían.

Apenas entramos en el camerino improvisado detrás del escenario, Hugo encontró la forma de conseguir cervezas. El bar estaba hasta arriba, así que sí era todo una hazaña conseguirlas en menos de cinco minutos. Cuando regresó, lo hizo con una caja completa y la alzó como si fuera su copa de brindis.

—¡Por nosotros, joder!

Más de una vez esa noche sentí la vibración de mi celular en el bolsillo, pero la ignoré completamente.

JARED

Cuando fue mi turno, me levanté mientras temblaba. Sonaba ridículo, si estaba ahí era para hacerlo, era para... No estaba en posición de sentirme así. ¿O sí? No debía. No debía porque iba a hacer algo malo y los que hacen cosas malas es porque asumen las consecuencias. Así que tragué el nudo y avancé. Entré en la habitación y un doctor de mirada tranquila me recibió. Me indicó que me recostara y... ya no supe más. Sólo cerré los ojos.

AXEL

Eran las dos de la mañana cuando regresamos a casa.

Mi habitación estaba a oscuras y casi me caí cuando intenté sostenerme de una de las paredes. No iba lo bastante borracho como para no mantenerme en pie, pero sí había bebido lo suficiente para sentirme mareado. Saqué mi celular del bolsillo trasero. Creía que había vibrado varias veces. Lo desbloqueé. Tenía cinco llamadas perdidas de mi hermano menor. Tenía diecisiete años y vivía metiéndose en cada problema existente cada cinco minutos y yo era el que terminaba solucionando su desastre.

«¿En qué problema te has metido ahora, Martin?»

Seguro sólo me necesitaba para que pasara a buscarlo en una de esas fiestas a las que iba a menudo y terminaba borracho y con alguna otra cosa encima. Suspiré. Ya me estaba cansando de esto.

Busqué su contacto.

Repicó una y dos veces, ya me estaba preparando para el discurso que iba a soltar y pensaba en la manera en que lo mandaría a la mierda más de una vez, antes de ir por él.

No obstante, cuando le devolví la llamada, no hubo respuesta.

JARED

Me sentía como un cascarón vacío.

Miraba fijamente el techo. Tenía como diez minutos despierta y... Simplemente no había hecho nada. No me movía, no gritaba ni lloraba, solo... Solo estaba vacía.

AXEL

Salí de la casa a toda velocidad. Un mal presentimiento se instaló en mi pecho.

JARED

En ese momento, entró una enfermera a la habitación. En cuanto se dio cuenta que estaba consciente, se acercó rápido a mi lado.

—Se despertó. ¿Cómo se siente? ¿Le duele algo?

—Siento un poco de... —Señalé mi vientre. Insinuando que me dolía ahí, y también más abajo.

—¿Mucho?

—No. Solo un poco.

—Bien, entonces todo está bien. Voy a avisarle al doctor... ¿No quisiera llamar a alguien? Necesitará apoyo.

Pensé en llamar a mi mejor amiga. Ya estaría lo suficiente molesta conmigo por no haberlo hecho antes, y, además, necesitaba que alguien se encargara de contradecir mis pensamientos de que era lo peor, una mala persona, porque yo ya no tenía fuerzas para hacerlo.

—Sí, por favor.

AXEL

Abrí la puerta de golpe. La desesperación haciendo latir mi corazón a mil por hora. Ahogué un grito de horror cuando vi dos cuerpos tirados en el suelo del motel. La sangre los rodeaba a ambos. Me apresuré hacia ellos y caí de rodillas sobre la sangre. Tomé su rostro entre mis manos.

—Martín, Martín... —Acerqué mi cara a su cuello.

No había pulso.

JARED

Treinta minutos después, el pelo rojo de Cami parecía una mancha de sangre entre las paredes blancas de la habitación. Estaba apoyada en la camilla mientras sostenía mi mano. A diferencia de lo que pensé, Camila ni siquiera me reprochó el no haberla llamado, solo... Solo me abrazó.

Cuando el doctor me dijo que ya podía irme, era la una de la madrugada.

Buscaron una silla de ruedas y dos enfermeras me ayudaron a sentarme. Camila se encargó de sacarme de la habitación y, entonces cuando íbamos a mitad del pasillo, ocurrió.

AXEL

No sé cuántos minutos pasaron, pero reaccioné y dejé de abrazarlo. A su lado estaba el cuerpo de una chica. Ella sí tenía pulso. Débil, pero ahí estaba.

JARED

Cuatro enfermeros arrastraban a toda velocidad una camilla llena de sangre. El cuerpo estaba cubierto con una manta, pero llegué a ver el pelo oscuro hecho un desastre y un poco de piel pálida. Un doctor llegó a toda velocidad y pidió la explicación de lo que le había ocurrido a la chica. Entendí algo de que le habían disparado, pero no alcancé a oír más porque Cami empezó a caminar con rapidez. Estábamos a punto de cruzar hacia la salida cuando casi chocamos con un cuerpo.

—¡Ah! Lo siento... 

Como era muy alto, tuve que alzar la cabeza para poder verlo.

AXEL

Ese pasillo estaba frío y olía extraño. Me estremecí. La muerte no debía oler a nada.

Me tropecé con alguien cuando cruzaba, intentando seguir a los camilleros. Miré hacia abajo.

JARED

Llevaba el pelo revuelto y la camisa manchada de sangre. Los ojos oscuros de él se cruzaron con los míos. Leí el reconocimiento. Sí, yo también sabía quién era él. Repentinamente mis nervios se dispararon.

Era Axel Kane, el amigo de mi ex novio.

AXEL

Un cuerpo no tan pequeño estaba en silla de ruedas. Por un instante, la reconocí.

El pelo negro por los hombros, los ojos hundidos en ojeras. La chica del tatuaje.

Jared Kavanagh, la novia de un amigo.

¿Qué hacía a medianoche en un hospital, en silla de ruedas? Me pregunté.

Sin embargo, seguí con mi camino.

JARED

Tragué saliva y aparté la mirada. Axel volvió a disculparse y siguió su camino.

—¿Ese no era Axel Kane, el cantante? —Cami se ahorró decir "el amigo de Logan", mi ex novio.

—Sí... —murmuré.

Las dos decidimos que lo mejor era ignorar lo que habíamos visto y seguir nuestro camino hacia la salida.

Cuando estuvimos dentro del coche de Camila, yo dejé caer la cabeza contra el asiento y cerré los ojos, suspirando. Rápidamente sentí que mis ojos se inundaron de lágrimas.

Camila apretó mi mano con suavidad.

—Todo estará bien, Jed.

Quería creerle. Quería estar segura de que así sería y solo asentir, pero aunque me especializaba en eso, esa vez no pude mentirme a mi misma. No iba a estarlo, al menos no tan fácil, no tan pronto.

Todos tenemos un punto de quiebre y esa noche ocurrió el mío.

Nunca pensé que también sería el de Axel.

AXEL

Antes de llegar a la habitación, el doctor me dijo que esperara. Me senté en una de las sillas y rechinó bajo mi peso.

Me llevé las manos a la cabeza. Quise romper a llorar en ese instante, pero contuve las ganas porque aún no pasaba todo lo peor.

Mucho tiempo después, la sangre estaba seca en mi camisa.

El doctor salió. Me dio el pésame. Un nudo se formó en mi garganta. Le pregunté cómo estaba. Dijo que mejoraría con las horas. Dijo que todo estaría bien. 

Yo asentí, pero no estaba tan seguro de que eso ocurriera. Al contrario, desde ese día ya nada volvería a ser igual.

Todos tenemos un punto de quiebre. Ese que marca un antes y un después en nuestra vida, sin importar si es para bien o para mal. Algo se había roto muy dentro de mí esa noche. Un punto de quiebre irreparable.

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