Capítulo 2
"La (mala) idea"
JARED
Dos semanas después
Retomé mis clases un lunes.
Aparecí y actúe como si no hubiera estado dos semanas y media desaparecida. Tan solo interrumpí en la clase (porque tenía esta mala costumbre de llegar tarde a todos lados) y tomé asiento en el primer pupitre libre que divisé.
Si mi intención era pasar desapercibida, no lo logré. Porque apenas terminó la clase, el profesor me pidió una explicación de por qué había faltado tantos días.
Le dije que había estado enferma. Y eso no estaba tan alejado de la realidad, porque así me sentía: enferma. Igual la mala pinta que llevaba esos días me ayudaba a reforzar la mentira: tenía aspecto de querer morirme. Ojeras inmensas, la cara con algunos brotes de acné debido al estrés y una palidez extraña que de verdad me hacía parecer enferma. Ni siquiera me estaba esforzando en ocultar que me sentía como lo mierda, así que el profesor me creyó sin necesidad de mentir demasiado y no me molestó más.
Tuve la suerte de que la chica que estaba a mi lado fuera un ángel y se hubiera encargado de pasarme sus apuntes y la lista de los trabajos que tenía pendientes sin necesidad de tener que rogarle.
Así que en ese momento me encontraba en uno los banquillos del área semi verde de la universidad, con las piernas cruzadas y la espalda completamente recargada contra el banquillo con una hoja en el regazo en la que se suponía que debería estar el boceto del dibujo que tenía que entregar en la siguiente clase.
Sin embargo, blanco.
Ya llevaba más de cinco minutos mirando el maldito papel, en blanco, y no tenía idea de qué hacer. O peor: si que tenía ideas, pero todas ellas estaban conectadas con mi estado emocional del momento y, por si no había quedado claro, yo era un completo desastre. Y mi última ilusión era dibujar algo que expresara cómo me sentía.
Cuando me cansé de pensar en algo que sirviera, aparté la hoja y tomé mi celular. Mi rostro se vio reflejado en la pantalla y no pude evitar hacer una mueca.
Estaba agotada. No había pegado un ojo en toda la noche porque desde casi un mes atrás que había empezado mi tortura tenía problemas de insomnio. Las últimas semanas solo habían empeorado. Al menos antes conseguía dormir un poco. Tenía ojeras y el aspecto necesario para que la mentira de «estoy enferma» no fuera difícil de creer. Sumando que acabé eligiendo un suéter gigante negro y un leggins del mismo color, no me esforzaba mucho por aparentar lo contrario.
El celular vibró en mi mano, trayéndome de vuelta a la realidad. Camila estaba llamándome. Contesté. Ni siquiera me saludó, solo:
—Dime que no eres ese punto negro que estoy viendo desde la cafetería. —expresó como si fuera lo peor del mundo.
Me giré y vi hacia la dirección donde estaba la cafetería. Correcto, ahí estaba mi mejor amiga luciendo como una estudiante de modas normal y promedio (como a ella le gustaba catalogarse) con una expresión de total desaprobación. Si algo había intentado hacer Camila desde esa noche era subirme el ánimo y, para una estudiante de diseño de modas, lo más importante era el estilo.
Sabía que debía de estarle dando un infarto en ese mismo momento al verme vestida así.
—Sip. Hoy me visto del color de mi alma. —me burlé, aunque quizá no tanto.
—No puede ser, Jed, —la vi negar— quedamos en que el negro era tu color... pero tampoco a ese punto.
Se acercó casi corriendo, sosteniendo con un brazo sus cuadernos y con el otro dos cafés.
—Solo te ha faltado un pasamontañas para ser Kim Kardashian en la alfombra de la Met Gala.
Para molestarla, busqué en mi bolso el binnie negro y se lo mostré. Camila fingió un estremecimiento.
—Ni se te ocurra —advirtió mientras me extendía un café.
—Dices que la ropa tiene que expresar mi estado de ánimo —argumenté en mi defensa.
—Sí, pero... Una puede estar depresiva con elegancia, Jed.
—Lástima. Yo soy depresiva y vagabunda.
Le di un trago a mi café. Me di cuenta de que lo había pedido sin azúcar, tal como ella sabía que me gustaba. Era un pequeño gesto que quizá le había costado tenerle un buen chisme a la señora que servía en la cafetería y que hizo que se empezara a formar un nudo en mi garganta. Otra cosa que me sucedía esos días: estaba molestamente sensible. Tragué con fuerza porque echarme a llorar a mitad del campus no era mi plan ideal del día.
Camila lo notó, y me preguntó en voz baja:
—¿Cómo va tu día?
Moví la cabeza a los lados mientras daba otro sorbo.
—Más o menos.
La mirada de Camila se tornó preocupada. Más.
—Anoche no dormiste —no era una pregunta— Me levanté a las cuatro y te vi apoyada en la ventana. Me asustaste... No te llamé porque no quise incomodarte.
—No me incomodarías ni aunque quisieras, Cami —le dije con sinceridad—. Y no, no dormí en toda la noche. Cuando estoy despierta no dejo de pensar en eso y en reprochármelo y cuando estoy dormida tengo pesadillas al respecto, es una mierda.
«Pero me la merezco» completó la vocecita en mi cabeza. Apreté los labios. Debía dejar de pensar así.
Camila me dedicó una mirada compasiva mientras me ponía una mano sobre el regazo.
—No fue tu culpa, Jed. De todas las decisiones que podías tomar, fue la correcta.
—Sí, pero... —«Eso no quita que sea horrible». Me callé. Principalmente porque estaba siendo injusta conmigo, como siempre.
Si llegara a conocer a alguien en mi situación, con mi historia y problemas, no me atrevería a decirle ni la mitad de las cosas malas que me decía todo el tiempo.
Camila suspiró y ambas nos quedamos en silencio. Podía oír desde aquí los sonidos cotidianos de la universidad, pero a la vez sentir que sólo éramos ella y yo, sentadas en este banquillo con un café en las manos, una buscando la manera de ayudar y la otra sintiendo que está a punto de derrumbarse.
Camila rompió la burbuja.
—Jed... Sabes que se me ocurrió una idea.
Ya sabía que no me iba a agradar por el tono que usó, le lancé una mirada de advertencia.
—Alto ahí. No es, técnicamente, nada malo... Técnicamente. Visto de manera objetiva... quizá no es lo mejor porque, bueno, mírate, estás hecha un desastre, por dios. Y lo entiendo —hizo una mueca de tristeza—. Créeme que lo hago y por fa, discúlpame si te parezco insensible o algo así, ¡No es mi intención hacerte sentir mal, al contrario! Ya sabes que quiero ayudarte a salir de esta porque sabes que yo nun...
—Camila, —la detuve. Si no lo hacía, posiblemente terminaría recitando algún manual de siete cosas que te convierten en una buena mejor amiga— al punto.
Suspiró y lo dejó caer:
—Esta noche Labyrinth tiene una presentación en el bar de la calle quince... Los chicos van y yo tengo dos entradas y creía que podía ser una buena idea para que despejes la mente...
—Cami...
Alzó la mano como un gesto para que parara.
—No me gusta verte todo el día en casa, viendo cómo te destruyes a ti misma, Jed. No quieres buscar ayuda profesional, bien, entonces déjame hacer algo por ti. Salgamos hoy, distraete, canta. Intenta, por unos minutos, olvidar. Solo es una propuesta... Puedes decir que no también, pero vamos, ¿Prefieres quedarte encerrada en la habitación, siendo víctima de tu mente? Déjame distraerte, aunque sea un poco. Además, será algo tranquilo, solo las bandas. Vamos, di que sííí.
Desvié la mirada de sus ojos porque lo que ví en ellos no me gustó.
Siempre había sido una persona fuerte. Al menos, no lloraba por cualquier cosa. Tampoco me dejaba someter por nadie, ni siquiera por mis padres, cuyas opiniones me importaban más de lo que creía. No era débil, pero tampoco era tan fuerte como pensaba. Y ahora, que veía la lástima en los ojos de Camila, me molestó. No quería que dejara de verme como el pilar fuerte, la chica indestructible. No quería estar rota, pero no sabía cómo recuperarme de la herida. No quería... Pero tampoco sabía cómo dejar de estar así.
Tragué el nudo, ahora perenne, de mi garganta y antes de hablar me aclaré la voz, no quería que se rompiera y evidenciara que estaba haciendo todo para no echarme a llorar ahí mismo.
Quería dejar de sufrir. Quería dejar de sentirme culpable.
No merecía sentirme culpable.
Así que ignoré todos los pensamientos y escenarios negativos que me empezaron a nublar la mente.
—Está bien —dije un minuto después, contra todo pronóstico.
Cami me dedicó una sonrisa ladeada y me abrazó. Sabía que ella lo único que intentaba hacer era ayudarme. Ambas éramos jóvenes y dudaba que alguien supiera con exactitud qué hacer en una situación así. ¿Quién a los diecinueve lo hace?
Sí, prefería quedarme en casa y revolcarme en mi propia miseria. Sí, sentía una presión en la sien solo de pensar que me expondría. Y sí, me pesaban los hombros por la culpa… Pero yo quería seguir. Quería hundir bajo tierra lo que me había ocurrido y actuar como si nada hubiese pasado, quería volver a ser la Jared que algún día fui… Aún cuando ni siquiera recordaba muy bien cuándo fue que empecé a dejar de serlo. Y sobre todo, quería dejar de sentirme tan débil y frágil. No podía mostrarme débil ni frágil.
Además, tampoco era mala idea.
¿Qué cosa podría salir mal? Sólo sería un mini concierto. Y deseaba con todas mis fuerzas dejar de preocupar a mi mejor amiga. La observé fijamente y pude notar como la situación también estaba calando en ella. Tenía ojeras y se veía pálida. El pelo rojo solo resaltaba la palidez de su piel. Me sentí culpable porque estaba así por mí culpa, así que la atraje hacia mí y la abracé con fuerza. Camila me devolvió el abrazo con la misma intensidad.
Le agradecía tanto… Sin ella, posiblemente mi historia sería diferente. Yo tenía tanto miedo de lo que sea que pudiera pensar mi familia que Camila era el único refugio que mi mente consideraba seguro para confiar.
Así que por eso se lo debía. Le debía el hacer el intento de recuperarme y volver a ser yo misma. Así que, aunque mi seguridad flaqueó, esbocé una falsa sonrisa sostenida por el miedo que me daba no recuperarme nunca.
Igual, las cosas malas si van a pasar... Simplemente pasan.
Pero nada malo iba a pasar, ¿o sí?
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